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22 de diciembre de 2014

Desbloqueo de Cuba y giro geopolítico


Ha empezado a caer uno de los lastres más ominosos de la guerra fría: la guerra económica comercial y financiera decretada por una superpotencia, contra un país pequeño que soberanamente decidió trazarse su propio destino. 

Nos referimos obviamente al restablecimiento de las relaciones diplomáticas cubano-estadounidenses luego de la intermediación del Papa Francisco y del gobierno de Canadá, y de un intercambio de espías capturados en uno y otro país.

Por claridad elemental vale decir que ese restablecimiento de relaciones es solo un paso necesario para que posteriormente el congreso de los Estados Unidos proceda a derogar las leyes que una tras otra fueron endureciendo las sanciones contra el gobierno, las empresas y los ciudadanos cubanos. La comunidad internacional democrática y el propio presidente Obama tendrán que jugar cartas muy duras en la política interna de ese país para lograr que ese congreso, controlado por Republicanos, termine la tarea y levante todas las sanciones proferidas desde 1960 y que corrientemente se les denomina “el bloqueo”. Como en Colombia, allá el presidente es el jefe supremo en materia de relaciones internacionales, pero solo el congreso puede dictar y modificar las leyes que rigen las actuaciones públicas incluso en relaciones exteriores.

Razón tiene pues, el presidente Raúl Castro, cuando subraya que falta lo más importante: el desbloqueo. Porque son las sanciones y las innumerables restricciones a la economía cubana las que hacen sufrir a su pueblo y en varios períodos han colocado a esa nación al borde de la subsistencia. Los gobiernos de Estados Unidos han combinado todas las formas de lucha contra la Cuba soberana: en política han luchado por aislarla y sacarla de los organismos multilaterales, como cuando impusieron su expulsión de la OEA en 1962; en lo militar, organizaron la fallida invasión a Bahía Cochinos en 1961 y a través de la CIA intentaron `ene´ veces dar muerte a Fidel Castro; en lo económico, el bloqueo no ha buscado otra cosa que doblegar por hambre la resistencia cubana. Lo político, lo militar, lo económico, lo social, lo tecnológico, todo ha confluído en uno de los esfuerzos imperialistas más estruendosamente fracasados de nuestro tiempo.

 
 La dirigencia estadounidense entendió desde un principio que un enclave socialista a 150 kilómetros de su frontera, era el desafío más grande conocido a la doctrina Monroe de 1823, que abrogaba a esa élite la paternidad política y económica sobre toda América Latina. A finales del siglo XIX, Estados Unidos incorpora a su ideario geopolítico los intereses estratégicos sobre el Océano Pacífico y el Mar Caribe; es entonces cuando convierte al primero en un lago americano y al segundo empieza a denominarlo “el mediterráneo americano”. Y la perla de ese mediterráneo se llamaba Cuba, la isla más grande de las Antillas Mayores, situada en frente del canal de Panamá, la única en esa zona con posibilidades de autosuficiencia, el paso obligado de gran parte del comercio marítimo (paso de los Vientos y estrecho de la Florida) hacia el resto del Atlántico, vecina del estrecho de Yucatán, el golfo de México y de la desembocadura del Misisipi (una especie de río Magdalena norteamericano).

Desde 1898 cuando EE.UU. derrotó a España en la guerra hispanoamericana y le arrebató sus colonias a este lado del Atlántico y a Filipinas, instaló un ejército de ocupación en Cuba durante cuatro años y le impuso la “Enmienda Platt”, un agregado a su propia constitución que ató su soberanía durante décadas a los gobiernos estadounidenses de turno. De tal manera que desde que inició el siglo XX, el pueblo de Cuba ha tenido que pagar a los Estados Unidos el alto costo de su situación geográfica privilegiada, la dignidad de sus luchadores populares y sobre todo, su sentido de la autodeterminación política.

El restablecimiento de relaciones con Cuba y el posible levantamiento del bloqueo por lo tanto, no es una trivialidad más de la diplomacia. Hace parte del declive político del paradigma norteamericano y particularmente del derrumbe del equilibrio geopolítico regional. La participación del estado cubano, por primera vez, en la Cumbre de las Américas a realizarse el próximo abril en Panamá, será el símbolo más próximo de una América Latina que no se subordina a la doctrina Monroe ni a los dictados de la geopolítica de Estados Unidos.

El desbloqueo será fundamental para que el país caribeño recupere su derecho a la autodeterminación. Son los cubanos en su sabiduría, los únicos responsables de su destino, y no corresponde a ninguna superpotencia incidir en sus decisiones soberanas, como ha querido hacerlo la Casa Blanca durante más de una centuria. Es lo que ha venido ocurriendo en América Latina durante el siglo XXI, cuando los pueblos y sus organizaciones han venido tomando las riendas de sus propios asuntos y han empezado a reconocerse como hermanos. Lentamente pero con firmeza, va quedando atrás la sumisión a los intereses hegemónicos que dividieron a los latinoamericanos y los amarraron al coche del “gran hermano” intolerante y autoritario.

Pero no estamos hablando solo de un triunfo latinoamericano, sino también de toda la comunidad internacional democrática, que en el escenario de la Asamblea General de la ONU, condenó todas las veces que se puso a su consideración el bloqueo a Cuba, por violar las normas más elementales de la convivencia entre los estados y los pueblos. Fueron votaciones abrumadoras, donde la posición de EE.UU. solo era acompañada por Israel y algunas veces por paisitos incógnitos del Pacífico occidental como Islas Marshall o Islas Palau. El resto, cerca de ciento ochenta naciones, anualmente condenaron el bloqueo en el seno de ese organismo. Pero los “caraduras” gringos, imperturbables mantenían su política de aislamiento al contradictor, hasta que en años recientes, esa oposición empezó a venir especialmente de su propio “patio trasero”, de los latinoamericanos que empezaron a desarrollar otra institucionalidad incluyente y sin vetos para nadie. Ya los mandatarios latinoamericanos habían expresado en la VI Cubre de las Américas en Cartagena, abril de 2012, que no asistirían a la VII si Cuba no era invitada, léase: si de nuevo era vetada por Estados Unidos.

 

En cuanto a política cubana, los once presidentes de EE.UU. desde el triunfo de la revolución nadaban contra la corriente. Al principio lograron excluir a las representaciones cubanas de algunos organismos internacionales, pero en años recientes esas pretensiones se estaban volviendo contra los propios norteamericanos, como lo reconoció Obama en su discurso, quizá con exceso de sinceridad: “…esta política de larga data de los EE. UU. en relación con Cuba provocó un aislamiento regional e internacional de nuestro país, restringió nuestra capacidad para influenciar el curso de los acontecimientos en el hemisferio occidental…”. No es un “mea culpa”, pero sí el reconocimiento claro de un fracaso y el efecto “búmeran” que empezaba a tener.

Se abre un período de transformaciones y adecuaciones en los relatos, estereotipados muchos, sobre las relaciones internacionales en la región, como quiera que la agresión norteamericana a Cuba era una de sus variables inamovibles. Sin el bloqueo a la isla y con un “patio trasero” hostil a sus dictados, la Casa Blanca y el Pentágono están perdiendo la brújula y el Departamento de Estado cuanto antes tendrá que sacar de su manga nuevas fórmulas para relacionarse con América Latina. Para los próximos meses, se espera que el ejecutivo norteamericano expida algunas directrices que suavicen las sanciones, dentro de un marco restringido que le otorgan las leyes anticubanas, pero Obama ya le trasladó al congreso el debate de fondo sobre el bloqueo y allá será como para alquilar balcón, pues los exiliados de La Florida harán sentir en todo el mundo su griterío anticastrista. Tampoco se quedarán atrás los del Tea Party y los republicanos ortodoxos, que le temen tanto al socialismo como a la globalización misma. Será una dura discusión que hará las mezclas más insospechadas entre ideología con economía y entre doctrina con pragmatismo político.

Para los Estados Unidos el fantasma del comunismo sigue suelto hacia el sur de sus fronteras, solo que su presidente aceptó al fin sentarse frente a él, y ahora le será más difícil maniobrar acusaciones y sanciones en organismos de participación multilateral. Una de las primeras consecuencias de ello, es que Obama haya pedido al Secretario de Estado (punto 11º. del acuerdo) un informe dentro de seis meses para reconsiderar la inclusión de Cuba en la lista de países que según la Casa Blanca patrocinan el terrorismo. No podía esperarse menos, de un estado con las manos tan manchadas por la guerra sucia como el norteamericano, en Abu Ghraib, en Guantánamo, en Pakistán, Afganistán, el Magreb y otras regiones del planeta. Estados Unidos se sigue abrogando la atribución de clasificar y desclasificar al resto de estados del mundo entre patrocinadores o no del terrorismo, colaboradores o no en la lucha contra el narcotráfico, violadores o no de los derechos humanos, buenos, malos o regulares, “sin ver la viga en el ojo propio” como diría la biblia. Ese unilateralismo de la política internacional norteamericana también tendrá que caer como lo están haciendo otras piezas de su paradigma. 


 
La legitimación del proyecto hegemónico de los Estados Unidos, ha necesitado desde que existe, construir enemigos contra los cuales convocar una permanente cruzada dispuesta al sacrificio más allá de sus fronteras. El comunismo, el ateísmo, el “oso soviético”, el terrorismo, el narcotráfico, la narcoguerrilla, etc, son enemigos que ha encontrado al exterior de su territorio y no por casualidad en los lugares de mayor interés estratégico. Cuba no es más que eso; un emplazamiento geopolítico que desveló a once presidentes del imperio, hasta el momento en que el desvelo empezaba a volverse pesadilla y era urgente despertar. No significa lo anterior, que la isla haya salido del radar de la geopolítica estadounidense, solo que ya no le servirá como objetivo para sus grandes campañas propagandísticas e ideológicas. Por eso, cuando EE.UU. ha saldado cuentas con un adversario, incorpora otro para mantener la cruzada. La pregunta ácida en este momento es, contra quién lanzará ahora sus campañas; con quiénes cuenta para sus nuevas aventuras; cuáles las estrategias y los objetivos; cuál su nuevo discurso, si es que es nuevo, para la nueva cruzada en América Latina…

Se llama Venezuela. Es claro que la Casa Blanca vio en la desaparición de Hugo Chávez la posibilidad real de acabar con el régimen de Caracas y hacia ello ha enderezado sus actuaciones hasta hoy, que principalmente se han basado en la guerra mediática, el apoyo a la Mesa de Unidad Democrática –MUD– y a sus líderes más golpistas Leopoldo López y Ma. Corina Machado, y ahora, sanciones a altos funcionarios gubernamentales por supuestas violaciones de derechos humanos. La presión norteamericana sobre el régimen chavista va en ascenso y ya lo tiene incluído en todas las listas negras que elabora Washington. El objetivo, sabemos, no es un golpe de estado a la vieja usanza, sino un golpe “suave” y teatral, donde los medios de comunicación y las redes sociales digitales arman el entramado para que algún “salvador de la democracia” tipo Pedro Carmona vuelva al palacio de Miraflores. Veremos en adelante a Obama redoblando sus esfuerzos en esa dirección, pero muy en particular, apuntando su batería ideológica contra Venezuela para atacar su liderazgo regional e intentar aislarla de los otros procesos políticos latinoamericanos menos radicales. El resto de la estrategia se la confiará a la caída de los precios del petróleo, el “fracking” y sus consecuencias para una revolución que tiene en el rentismo y la monodependencia del crudo su mayor debilidad.

El corazón de la geopolítica regional sigue estando en el “mediterráneo americano”. Venezuela es Caribe, pero además es llano, cordillera, selva, y con o sin “fracking”, ¡petróleo! El desbloqueo de Cuba no necesariamente llevará al bloqueo de Venezuela, pero sí a un giro geográfico intracaribeño de la política estadounidense para América Latina.

Por 
Egresado de la Universidad Nacional de Colombia,
Catedrático universitario de Ciencias Sociales.
 

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