Neoextractivismo: La Caldera del Diablo - Foro Social Urbano Alternativo y Popular

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20 de abril de 2017

Neoextractivismo: La Caldera del Diablo

Realizado por La Rosa Roja [*] en: http://ift.tt/2oW16Py

Por: Ricardo Sánchez Ángel*

El extractivismo tiene una dilatada historia en Nuestra América. Se inauguró con la conquista de españoles, portugueses, franceses, ingleses y holandeses y fue el motor del ciclo largo de la acumulación originaria y el mercado mundial. Desde el principio hasta la consolidación del capitalismo como sistema-mundo, con sus períodos de auge y estancamiento, de recesiones, depresiones y guerras coloniales, civiles e internacionales, el extractivismo ha estado en el centro de estos desarrollos hasta nuestros días.

A su vez, se ha acompañado de revoluciones científico-tecnológicas, con sus ambigüedades, paradojas y contradicciones, como la prolongación de la vida humana con los aportes de las medicinas y el desarrollo de las armas de destrucción masiva para las guerras y muertes colectivas. La sociedad humana ha tejido su alfombra de variadas riquezas y logros, con sus huecos mortales, como las guerras, el hambre, el sexismo, el racismo y las discriminaciones.

Desde sus orígenes en los lugares que sirvieron de epicentro, el capitalismo no solo ha explotado a las mayorías, sino a la naturaleza. Las ha sometido a la producción, y luego la propia economía y la sociedad lo ha sido al mercado, tal como lo precisó Karl Polanyi en su obra La gran transformación.

Todo esto no ha sido evolutivo y lineal, sino altamente contradictorio, desigual y combinado. Con heterogeneidad, abigarramiento social y cultural. También en las formas de producción, sobre todo en los países neocoloniales.

El mundo globalizado interrelaciona, uniendo y dividiendo al mismo tiempo. No resuelve las desigualdades, al contrario las amplía, así se constaten mejoras de distintos órdenes. Esta ecuación viene a radicalizarse con el desmonte del Estado benefactor y las mejoras sociales. El ciclo de auge del desarrollo y lo social después de la Segunda Guerra Mundial quedó atrás a partir de finales de los setenta con la oleada de reformas neoliberales, una verdadera contrarrevolución conservadora. Un viraje de civilización que se articuló a una onda larga de estancamiento y crisis del capitalismo.

Está en curso una crisis generalizada de la economía mundial, con sus componentes regresivos: destrucción de capital, cierre de empresas de todo orden y aumento del desempleo con el correlato del disfraz laboral de la informalidad del trabajo. Además, la caí- da de los precios de las materias primas, el aumento de la deuda externa, la devaluación de las monedas de los países de América Latina, el caos del comercio internacional y el proteccionismo metropolitano. Estados Unidos ha sido el epicentro, pero la onda también se expande en Europa, Japón y en todo el planeta. Nuestra América conoce la caída de las exportaciones, la recesión industrial, el desempleo, la inflación y las crisis agraria, cambiaria y fiscal.

Una sobreproducción de capital y mercancías estimulada por una especulación financiera y bancaria creó una ilusión sobre el apogeo del sistema capitalista y del mercado. El desplome financiero en Estados Unidos en 2009 precipitó el colapso de la construcción y la vivienda –gran multiplicador de la actividad productiva– y del conjunto de la cadena de la actividad económica. La gran industria metalúrgica, automotriz y derivados sufrieron el impacto de esta situación. La bonanza financiera era una creación ficticia de valor y capital, verdadera burbuja que la sociedad consumista alimentó como la panacea. Y a todas estas “el capitalismo accionario”, “la democratización de las empresas”, resultó una enorme operación de captación de los ahorros de las clases medias y de los trabajadores para alimentar la acumulación del capital y la concentración de las ganancias en la cúpula de financieros y altos ejecutivos.

La acumulación venía descansando en los años finiseculares en la sobreexplotación del trabajo con su flexibilización, precarización, desempleo estructural, neocolonización de los recursos naturales del planeta, aumento del intercambio desigual, intereses especulativos a la deuda, comercio e industria armamentista, ofensiva de las multinacionales con pautas monopólicas de explotación y comercio. Todo esto en medio de una oleada de violencias, orgía financiera, desalojo y expropiación. A partir de los años setenta comenzó una onda larga de estancamiento, con drásticas recesiones como la de 1974-1975; la crisis mundial de 1980-1983, la del Japón y la mexicana en la década del noventa, la bancarrota argentina de 2001 y las oscilaciones de recuperación y caída en diversos países de Europa. Colombia también ofrece su larga crisis a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Este censo es indicativo e incompleto, pero constata el carácter desigual y oscilante de la curva del desarrollo económico.

Definidas como periodos históricos, las curvas se incorporan a su configuración con las luchas de clases, las guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, las transformaciones sociales, como las urbanizaciones y las diásporas, las mutaciones en la cultura, los efectos de las hambrunas, las enfermedades y la destrucción ambiental. Pues bien, este periodo histórico de onda larga descendente se corresponde con una intensa lucha del capital contra los trabajadores y su poder material como palanca del relanzamiento de la acumulación. Los cambios en el modo de producción y la organización social del trabajo se relacionan directamente con esta tendencia orgánica del capital. Las guerras se han mantenido como expresión permanente del orden-desorden de la globalización neocapitalista. Es una manera de controlar el petróleo y otros recursos naturales en un escenario de crisis energética, con la invasión de las potencias a Iraq, Afganistán, Libia y la actual ofensiva sobre Siria, además del genocidio de los palestinos a manos de Israel para obtener primacías geopolíticas. Mantener caliente la economía de guerra para la guerra.

El curso de la guerra y el armamentismo son demasiado amplios, su economía está por encima de la muy rentable del tráfico de drogas duras y son uno de los primeros renglones en los inventarios financieros en la sociedad criminal. La guerra contra el terrorismo y las drogas es necesaria para el modelo de acumulación vigente, con resultados contra las libertades, los pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinos, y el control imperial sobre el tráfico aéreo y marítimo, la movilidad de las personas y la soberanía nacional. Es el nuevo imperialismo que señala la geopolítica mundial en el epicentro del petróleo y las guerras, la recolonización y neocolonización en el mundo .

Las políticas neoliberales fueron aplicadas durante las últimas tres décadas, reforzando las tendencias mercantilistas que han invadido la naturaleza y todas las actividades humanas, acompañando la expansión del sistema y el modelo al ámbito de la globalización financiera. La crisis en curso articula lo social y ambiental con el hilo unificador de la barbarie, con los náufragos del planeta, los condenados de la tierra. El modelo económico llevó a una crisis alimentaria a amplias zonas de los países asiá- ticos, africanos y de América Latina. La destrucción ambiental es producto directo de la producción multinacional, del estilo consumista de la sociedad de masas y de la primacía del paradigma del liberalismo comercial.

El desarrollo del capitalismo hasta su actualidad tardía se acompaña de una reproducción de todas las formas de explotación de manera simultánea, al igual que la dominación, en que priman los combustibles fósiles. Como materia prima, el petróleo se convirtió en fuente privilegiada de energía para el desarrollo colosal de la industria del transporte en general, y automotriz en particular, desde comienzos del siglo XX. En Colombia es la presencia del nuevo imperialismo, el de los Estados Unidos, al lado del agronegocio de la United Fruit Company, los ferrocarriles y las empresas Anglo Colombian Development, angloamericana, y otra anglofrancesa en el Pacífico. Al igual que distintas empresas extractivas de caucho y madera, con cacería de indígenas en el Putumayo y las fronteras del país. Esto, con el telón de fondo de la pérdida de Panamá en 1903.

El entramado comercial y financiero de las compañías petroleras llegó a constituir el primer cartel económico en el mundo. La historia de “Las Siete Hermanas” es capítulo central en la historia económica y del poder en el siglo XX hasta nuestros días, aunque hoy existan otras grandes corporaciones petroleras y mineras, de carácter privado y estatal, y el consorcio internacional de la OPEP. En las últimas tres décadas el capitalismo buscó relanzar la acumulación con fuentes nuevas y tradicionales. Las materias primas, devenidas en “commodities”, vivieron un auge exportador y de precios en el mercado mundial, generando cuantiosas divisas y ganancias en América Latina, y en Colombia en particular.

Para ello se incrementó el negocio de los hidrocarburos, con nuevas tecnologías como la fractura hidráulica (fracking), y el de la gran minería, con productos como el coltán. Se expidieron múltiples licencias de explotación en todo el territorio nacional, incluyendo los páramos, bosques, ríos, lagos y parques nacionales, operando de hecho una nueva espacialidad económica que está reordenando el territorio con sus poblaciones y desplazando las actividades económicas tradicionales, como la agricultura, la ganadería, la minería artesanal y la silvicultura. También cambia la fisonomía de los centros urbanos que gravitan en su constelación. Se trata de un neoextractivismo que conserva los patrones clásicos de destrucción de los ríos, lagos, bosques y la vida, con los humanos sometidos a los flagelos del desplazamiento, las enfermedades y un enganche laboral con pautas de sobrexplotación. Con baja producción de valor agregado, salvo los maquillajes de las políticas de asistencialismo de las multinacionales sobre familias y poblaciones que no alteran, y sí esconden, el patrón de producción señalado. Quien la tiene clara es Francisco de Quevedo (1580- 1645), en su poema A una mina:

Sacas, ¡ay! un tirano de tu sueño; un polvo que después será tu dueño, y en cada grano sacas dos millones de envidiosos, cuidados y ladrones

Este neoextractivismo amplía la canasta energética y minera, aplica nuevas tecnologías productivas y de comercialización, articulado a nuevas formas organizativas. Asimismo, remoza las relaciones con los poderes públicos volviéndolos funcionales a las realidades y políticas neoliberales. De la colonia esclava a la República con neoesclavismo disfrazado de proletarización. El Plan Nacional de Desarrollo del gobierno del presidente Juan Manuel Santos en su primer período (PND 2010-2014: Prosperidad para todos) erigió al extractivismo como paradigma y locomotora del desarrollo, lo que continúa en su segundo mandato (PND 2014- 2018: Todos por un nuevo país) para hacer de Colombia un país minero y petrolero, al lado del latifundismo ganadero y de la agricultura comercial extractiva, con una potente oferta a los grandes intereses nacionales y transnacionales para la realización de negocios.

En esa línea se inscriben la reciente venta de ISAGEN, configurándose un desprendimiento por parte del Estado del manejo de bienes públicos ambientales estratégicos para la conservación de la vida, además de una empresa de rentabilidad económica y generadora de un bien social de gran trascendencia como es la energía eléctrica; también la aprobación en el Congreso de la ley de Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social (Zidres), que coloca a merced del mercado bienes territoriales de interés general por disposición del gobierno nacional. Se trata de la conversión de bienes públicos en privados para la obtención de beneficios particulares. La alta rentabilidad económica que generan la minería y el petróleo se realizan con una explotación combinada: sobre los trabajadores y poblaciones, así como sobre el territorio y la naturaleza, la gran fuente de riqueza. Esta locomotora de la minería, ya lo habían realizado la explotación petrolera y el neo-latifundio, incoó o se ensambló con organizaciones ilegales y violentas. Atrajo a los paramilitares y a los guerrilleros en la búsqueda de control de población, territorio y rentas, configurando nuevas relaciones de poder, compitiendo con el Estado local y nacional, expresándose en ramificaciones diversas.

El neoextractivismo se ha constituido en una caldera del diablo, donde la expansión de los cultivos de coca y su procesamiento son fuente acumulativa y palanca destructiva del medio ambiente. En Colombia lo muestran las estadísticas: según Naciones Unidas, los cultivos de coca crecieron al pasar de 48.000 hectáreas en 2013 a 69.000 hectá- reas en 2014 (44%). Entre tanto, el incremento de la producción potencial de cocaína es aún más fuerte. De una producción potencial media en 2013 de 290 toneladas métricas, se pasó a una de 442 toneladas métricas, un incremento de 52%. Fracasó la guerra contra el narcotráfico y los cultivos ilícitos.

 

* Doctor en Historia, Universidad Nacional de Colombia

 

 


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