Revolución rusa: las claves del encanto

Realizado por Rosa Roja [*]

Por: Ricardo Sánchez Ángel [Doctor en Historia – Universidad Nacional. Profesor Universidad Libre]

 

En las conferencias “George Macaulay Erevelyan” en la Universidad de Cambrige (enero-marzo de 1967) el historiador Isaac Deutscher planteó los interrogantes adecuados a propósito de la celebración de los 50 años de la Revolución de Octubre:

¿Cuál era el significado de esa revolución a los 50 años de haberse realizado? ¿Se justificó esa tarea histórica colosal?

Deutscher dice:

“La Revolución Rusa ha planteado problemas mucho más profundos, ha provocado conflictos mucho más violentos y ha desencadenado fuerzas mucho más grandes que las que acompañaron a las mayores conmociones sociales del pasado. Y, sin embargo, la revolución no ha llegado a su término. Todavía se encuentra en proceso de desarrollo. Todavía puede sorprendernos con marcados y súbitos virajes. Todavía es capaz de alterar su propia perspectiva. El terreno en que vamos a adentrarnos es uno que los historiadores temen pisar o deben pisar con temor”[1].

Transcurridos 100 años de este acontecimiento histórico, ha operado un hecho capital: el retorno de la sociedad y la economía soviética al capitalismo. En el 50 aniversario, la herencia de la revolución tenía el soporte de una estructura basada en la propiedad social y pública. Además, se conservaban relativamente memorias de estos acontecimientos.

A los 100 años, la realidad socioeconómica ha cambiado radicalmente. Lo que existe hoy es un sistema capitalista con todas las letras, una burguesía plena y no solo una casta burocrática, las tradiciones se han esfumado mayoritariamente dada la confusión entre octubre de 1917 como desarrollo emancipador y el régimen totalitario del estalinismo. Quedan ocultas y marginales memorias de las generaciones anteriores, dado que las nuevas están moldeadas por los valores y espejismos del capitalismo occidental. Quedan ocultas y olvidadas las grandes purgas, los procesos inquisitoriales y las víctimas campesinas y obreras.

La paradoja del centenario es que, en el derrumbe de 1989, la URSS era la segunda potencia industrial, militar y dueña de un acervo de investigación científica y cultural enormes. Su presencia de todo orden en lo internacional era dominante, a tal punto que la política de coexistencia pacífica en el marco de la guerra fría expresaba un equilibrio de fuerzas entre los dos sistemas. Su talón de Aquiles era el talante cerrado y autoritario del Estado y la sociedad, con sus censuras en la cultura, la historia y los derechos políticos. Con el partido único, dogmático y excluyente, tales contradicciones entre el progreso y la censura, entre la riqueza urbana-industrial y las enormes desigualdades, la consolidación de una casta burocrática con enormes privilegios y las presiones del contexto tecnológico y cultural del alto capitalismo, detonaron el derrumbe del sistema en el marco de las Glasnot y la Perestroika.

La Revolución Rusa de 1917 es comprensible si se la reconoce como resultado de un largo proceso de maduración histórica que viene de las revoluciones europeas, especialmente la francesa de 1789-1794, las de 1848, la Comuna de París de 1871 -cuando los trabajadores intentaron tomar el cielo por asalto- y, sobre todo, la revolución de 1905 en la propia Rusia. Esta última fue denominada por Lenin como “ensayo general”. La de 1917 es contemporánea de las que son su extensión: las revoluciones alemana y austriaca de 1918, los soviets de Hungría y Baviera, la revolución italiana de 1919 y del nuevo intento en Alemania en 1923[2].

Constituye la última de las revoluciones burguesas y, al mismo tiempo, la primera revolución socialista. Este carácter combinado se corresponde con la estructura social de un inmenso país que tenía un grave problema agrario sin resolver, un desarrollo combinado de las formas económicas (desde la comuna hasta la pequeña propiedad y el capitalismo en todas sus formas).Un desarrollo desigual, con una industrialización de punta y formas de atraso secular. En un vasto imperio que oprimía un conjunto de naciones y, a su vez, era sometido a la dominación del capital extranjero en la banca e industria. Esto le dio el perfil dependiente a la burguesía rusa.

En la cúspide de un Estado imperial y a la vez semifeudal, estaba la dinastía monárquica de los Zares Romanov, de larga existencia despótica. De allí que el objetivo inmediato de los revolucionarios era el derrocamiento del régimen zarista. Richard Pipes dice:

“En virtud de su estructura social y económica, por lo tanto, la Rusia imperial se asemejaba más a un país asiático como China que a Europa occidental, aunque era considerada parte del continente, en cuya política participaba activamente como una de sus grandes potencias”[3].

El imperio zarista oprimía a las nacionalidades. Rusia era la nacionalidad hegemónica con sus 70 millones de habitantes (47%). El resto, 90 millones, 53%.

Fue Lenin quien mejor percibió el asunto del derecho a la autodeterminación de los pueblos, el reconocimiento de una cuestión nacional que debía ser resuelta democráticamente. La separación de las nacionalidades no era posible evitarlas de manera burocrática y opresora. Los escritos de Lenin fueron impactantes en la opinión internacional y estimuló la inconformidad contra el zarismo y contra los Habsburgo en Austria. Comenta Bernd Marquardt:

“En términos generales, el sistema internacional de la anarquía de la soberanía reconoció un derecho amplio del vencedor a imponer sus deseos territoriales. Sin embargo, en la fase final de la Primera Guerra Mundial, ascendió una nueva estrella de la retórica territorial de la era nacional: la autodeterminación de los pueblos¸ basada en una propuesta de LENIN que fue popularizada por el Presidente estadounidense WILSON”[4].

Lo que Lenin perfiló fue la diferencia entre naciones dominantes y naciones dominadas y la necesidad de estas de levantarse contra tales dominaciones imperiales adentro y afuera de las fronteras. Tal política se sincronizó con el radicalismo de las nacionalidades en 1917.

La revolución rusa interpretó esta realidad y aceptó la independencia de Finlandia y Polonia. Además, resolvió el asunto de no dejar que el separatismo fuera utilizado para dividir. Para ello construyó una Federación de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la Unión Soviética[5].

La revolución comenzó el 23 de febrero de 1917, día de la mujer. Relata Trotsky:

“Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Ese día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores querían pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aun lo que este día fenecido llevaba en su entraña”[6].

Desde entonces las mujeres desplegaron su ímpetu y lograron su mayoría de edad. Estas luchas se acompañaron de un debate feminista en Europa, donde Clara Zetkin era secretaría de la Internacional Socialista de Mujeres y fueron determinantes en las decisiones del gobierno revolucionario sobre sus reivindicaciones. Un período de esplendor de las luchas. Alejandra Kollantai fue la ministra encargada de coordinar las tareas[7].

En la búsqueda de causalidades de la Revolución de 1905, Richard Pipes señala a la movilización estudiantil como el factor desencadenante del proceso revolucionario. En los comienzos de su voluminosa obra señala:

“Si queremos identificar acontecimientos que no solo hayan presagiado 1917, sino que hayan llevado directamente a él, la elección tiene que recaer en los disturbios que estallaron en las universidades rusas en febrero de 1899. Si bien pronto fueron sofocados por la habitual combinación de concesiones y represión, estos disturbios pusieron en marcha un movimiento de protesta contra la autocracia que no menguó hasta el levantamiento revolucionario de 1905-1906”[8].

El movimiento de los estudiantes y jóvenes fue una cantera donde se formaron varios de los dirigentes de los partidos políticos.

Pipes, al referirse al asunto crucial de la cuestión agraria, señala el carácter social, económico y demográfico de Rusia como rural y campesino a comienzos de siglo. Su composición aldeana, comunal y el papel de la casa, le dan unas particularidades al campesino ruso frente al de otros grandes países como Japón y la India. En estos pueblos, la primogenitura le daba continuidad a la propiedad familiar con todos sus agregados.

Opuesto a la caracterización de la formación social en el campo como “feudal” y de esta situación como causa de la revolución, Pipes afirma que Rusia era la clásica tierra de pequeños campesinos, los latifundios eran un asunto de frontera con Polonia y Suecia: “En vísperas de la revolución, los campesinos eran dueños en la Rusia europea de nueve décimas partes de las tierras cultivables”[9], teniendo en cuenta que de los 15 millones de Kms2 de la Rusia europea y Siberia solo 2 millones eran cultivables y un millón era pastoril, en un país de 130 millones de hectáreas y 22 millones de Kms2.

La servidumbre fue abolida en 1861, conservando el régimen comunal. Para León Trotsky:

“El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera revolución, en doscientos ochenta millones de deciatinas. Las tierras comunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones, los dominios de la Corona a cinco millones aproximadamente, los de la Iglesia sumaban sobre poco más o menos, dos millones y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos 70 millones de deciatinas se distribuían entre treinta mil grandes hacendados, a los que correspondían más de quinientas deciatinas por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que tenían que vivir unos diez millones de familias campesinas. Esta estadística agraria constituía, ya de por sí, todo un programa de guerra campesina”[10].

Para 1916, producto de la reforma generada por la revolución de 1905, dos y medio millones de labradores eran propietarios de 17 millones de deciatinas. Otros 2 millones pedían 14 millones. Comenta Trotsky: “Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría de viabilidad y no eran más que materiales para una selección natural”[11].

Tanto terratenientes como campesinos vendían su propiedad a la nueva burguesía rural hacendataria, cuyos orígenes datan de finales del siglo XIX. Es el asunto de la descomposición del campesinado o descampenización que Lenin trabajó en su larga investigación El desarrollo del capitalismo en Rusia, publicada en 1899[12].

 El carácter asiático de Rusia fue siempre subrayado por los revolucionarios, especialmente por Lenin y Trotsky. También Karl Kautsky y otros. El proceso de europeización fue comenzado formalmente bajo Pedro “El Grande” (1682-1725). No obstante esta hibridez del régimen social y estatal, no se dejó de caracterizar el régimen como feudal, en medio de fuertes polémicas. Trotsky dice:

“La existencia en Rusia de un régimen feudal, negada por los historiadores tradicionales, puede considerarse hoy indiscutiblemente demostrada por las modernas investigaciones. Es más: los elementos fundamentales del feudalismo ruso eran los mismos que los de occidente. Pero el solo hecho de que la existencia en Rusia de una época feudal haya tenido que demostrarse mediante largas polémicas científicas, es ya claro indicio del carácter imperfecto del feudalismo ruso, de sus formas indefinidas, de la pobreza de sus monumentos culturales”[13].

El Imperio de los Romanov estaba atrapado en múltiples contradicciones, que discurrían en la vida económica, social, internacional –la Gran Guerra-, política y cultural, que se volvieron explosivas, abiertamente antagónicas. Así se valida la metáfora de Lenin sobre Rusia como el eslabón más débil de la cadena imperialista.

En 1917, la revolución democrática abrió las puertas a la República derrocando el zarismo, logrando libertades públicas, al igual que la jornada de trabajo de 8 horas, alzas salariales, control de precios y abastecimiento, abolición de los tratados secretos con las otras potencias y, de manera sustancial, el pleito por el reparto de tierras a los campesinos con medidas contra el abandono y la pobreza. Se trató de combatir la opresión y explotación, cohesionados por la camarilla del Zar y la Zarina, de cuyos entretelones formó parte Rasputín.

Ninguna particularidad sociocultural suplanta la raíz socioeconómica de superar el régimen terrateniente como causalidad principal. Este horizonte estuvo en el centro de los levantamientos campesinos, contrario a lo afirmado por Richard Pipes sobre que no fue un factor determinante. Levantamientos que se remontan a los siglos XVII Y XVIII, acaudillados por Pugacher, Stenka Razin y Bolotnikov.

El mes de mayo fue del agrupamiento en el Congreso Campesino, donde Lenin planteó la necesidad que los campesinos cultivaran, mantuvieran el orden y cesaran la destrucción de propiedades. Era la voz de un estadista, que no cesaba de convocar a la revolución agraria y a la formación de soviets. Allí planteó que la propiedad terrateniente debía pasarse toda al pueblo para ser repartida, organizadamente, por los comités agrarios. Alertó: la tierra no se puede comer. No se gana nada si no hay aperos, ganado, semillas, servicios, dinero. No se trataba de un reparto negro, sino de una reforma campesina. En este congreso los campesinos empezaron a darle más credibilidad a los bolcheviques[14].

El papel de las masas es la clave en la definición de la revolución, lo cual obliga a su análisis y ponderación. El proceso revolucionario entrelaza las tradiciones de la lucha, de avances y retrocesos, de reconocimientos a las ideas que interpretan su causa, buscando que la acción sea con ideas y viceversa.

A su vez, la revolución es la sustitución de un régimen político por uno nuevo, dando así comienzo a las tareas de la revolución. La revolución de 1917 tuvo como ensayo general la de 1905 y fue un  acontecimiento compuesto por la revolución de febrero y la de octubre como culminación del drama revolucionario, con la aplicación de “todo el poder a los soviets”. La revolución de febrero se concretó con un conjunto de manifestaciones: la huelga general, la desmoralización y división de las fuerzas armadas, las contradicciones en el bloque dominante, la escasez, el miedo por los duros golpes sufridos en la Gran Guerra por parte de Rusia. Dicha guerra catalizó la crisis. La huelga general como huelga de masas fue la forma de lucha que se expresó en todo su esplendor en la revolución de 1905 y que Rosa Luxemburgo teorizó y realizó su historia[15].

El proletariado se desarrolló con el trabajo agrícola, los puertos y buques, los ferrocarriles, las minas, y en las fábricas, que de manera pujante irrumpieron a comienzos del siglo XX. La fábrica de Putilov tenía 30 mil trabajadores y el más populoso barrio de Petesburgo, el Víborg, era proletario. En 1905, los huelguistas fueron 1.843.000. En la primera mitad de 1914 –el año en que comenzó la guerra- 1.059.000. En 1917, solo en enero y febrero fueron 575.000. Son huelgas que entrelazan lo económico con lo político, inaugurándose en 1916 con una huelga general.

La guerra trajo efectos devastadores para la industrialización. Dice Trotsky:

“Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50% de la producción total y cerca del 75% de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país”[16].

Lo que contrastó con el auge de la industria de guerra.

Petesburgo, la capital, fue virtualmente ocupada por una tupida red de proletarios de toda condición, desde la fábrica hasta los barrios, pasando por los porteros, trabajadoras domésticas, independientes… Los trabajadores, como en 1905, en simultánea organizaron sindicatos y soviets. Este último como poder de abajo es la expresión de múltiples luchas y representaciones. Fue la clave para el triunfo de la insurrección. Los soviets triunfaron.

Lenin teorizó la forma del Estado revolucionario bajo los parámetros del Estado Comuna en su libro El Estado y la revolución, escrito en agosto-septiembre de 1917!!! En sus Tesis de abril[17]¸ que orientó la acción de los bolcheviques, define el poder soviético en lucha contra el poder de la burguesía y sus aliados, así: “Este poder es un poder del mismo tipo que la Comuna de París de 1871”. Es la expresión de los de abajo, constituidos en poder alterno a los de arriba. Es el poder dual, singular momento de la revolución en pleno desarrollo, pero que no asume el poder total sino que todavía apoya el gobierno de los burgueses y social revolucionarios de Kerensky y otros. La mayoría de los soviets son todavía partidarios de ese gobierno que promete la creación de una Asamblea Constituyente. Habrá que influir con audacia y en forma sistemática en la conciencia de las mayorías de los trabajadores y, de acuerdo a su experiencia, para que los soviets decidieran apoyar un gobierno dirigido por Lenin y su partido. Se trató de comenzar la transición al socialismo, donde Rusia era el comienzo de una dinámica internacional. Al capitalismo, en su fase imperialista como sistema internacional, había que oponer el socialismo en la escena mundial[18]. Raya Dunayevskaya afirma: “La inseparabilidad de la política y la economía fue establecida por la Comuna con su propia existencia práctica”[19].

La revolución de febrero fue el prólogo de Octubre y existe una línea indisoluble y desconcertante entre estos dos sucesos. Las masas recuperaron las tradiciones del poder dual, los soviets de obreros, soldados y campesinos que se crearon en 1905 y los potenciaron. En febrero se dio una insurrección armada con resultados cruentos -29 muertos 114 heridos- que entregó el poder a la burguesía. En julio se intentó otro levantamiento, que a la postre resultó fallido. En el intermedio surgió un gobierno liberal primero, presidido por el príncipe Lvov, en julio. Y luego de coalición, cuyo líder fue Kerensky, contra el que se intentó un golpe de Estado por el general Kornilov, que en verdad era contra los soviets. La insurrección de octubre fue incruenta, una “obra de arte” bajo la dirección del Partido Bolchevique, siendo sus dos líderes Lenin y Trotsky.

Richard Pipes dedica un capítulo de su obra, titulado “El golpe de octubre”[20], al triunfo de los bolcheviques y de los soviets. Se opone al relato revolucionario y reafirma la tesis de Curzio Malaparte de que octubre fue el primer golpe de Estado moderno y Trotsky su realizador. Dice:

“Pero, según Malaparte, el rasgo característico de las revoluciones modernas es precisamente la toma incruenta y casi silenciosa de puntos estratégicos por destacamentos de tropas de asalto bien entrenadas. El ataque se lleva a cabo con tanta precisión quirúrgica que la población en general no tiene idea de lo que está sucediendo”[21].

En una conferencia pronunciada por Trotsky el 27 de noviembre de 1932 ante los estudiantes universitarios en el stadium de Copenhague (Dinamarca), en pleno exilio, contestó directamente a lo afirmado por Malaparte:

“El escritor italiano Malaparte, algo así como un teórico fascita –también existe este producto- ha publicado recientemente un libro sobre la técnica del golpe de Estado. El autor consagra un número no despreciable de páginas de su “investigación” a la insurrección de octubre. A diferencia de la “estrategia” de Lenin, que permanece unida a las relaciones sociales y políticas de la Rusia de 1918, “la táctica de Trotsky no está –según los términos de Malaparte- unida por nada a las condiciones generales del país”. ¡Tal es la idea principal de la obra! Malaparte obliga a Lenin y a Trotsky en las páginas de su libro a entablar numerosos diálogos en los cuales los interlocutores dan prueba de tan poca profundidad de espíritu como la naturaleza puso a disposición de Malaparte. A las objeciones de Lenin sobre las premisas sociales y políticas de la insurrección, Malaparte atribuye a Trotsky la respuesta literal siguiente: “Vuestra estrategia exige demasiadas condiciones favorables, y la insurrección no tiene necesidad de nada: se basta por sí misma”. ¿Entendéis bien?; “la insurrección no tiene necesidad de nada”. Tal es precisamente, queridos oyentes, el absurdo que debe servirnos para aproximarnos a la verdad. El autor repite con mucha persistencia que en octubre no fue la estrategia de Lenin, sino la táctica de Trotsky lo que triunfó. Esta táctica amenaza, según sus propios términos, todavía ahora, la tranquilidad de los Estados europeos. “La estrategia de Lenin –cito textualmente- no constituye ningún peligro inmediato para los gobiernos de Europa. La táctica de Trotsky constituye un peligro actual y, por tanto, permanente”. Más concretamente: “Poned a Poincaré en lugar de Kerensky, y el golpe de Estado bolchevique de octubre de 1917 se hubiera llevado a cabo de igual manera”. Resulta difícil creer que semejante libro sea traducido a diversos idiomas y acogido seriamente. En vano trataríamos de profundizar por qué, en general, la estrategia de Lenin, dependiendo de las condiciones históricas, es necesaria, si la “táctica de Trotsky” permite resolver el mismo problema en todas las situaciones. ¿Y por qué las revoluciones victoriosas son tan raras, si para el triunfo basta con un par de recetas técnicas”[22].

Trotsky teorizó de manera aguda la relación entre conspiración, insurrección y revolución en “El arte de la insurrección”, un capítulo de su Historia de la revolución rusa. Allí diferenció al blanquismo y al espontaneismo para reafirmar su relato y análisis sobre la revolución.

Los primeros decretos de los Soviets en su segundo congreso, el 26 de octubre de 1917, fueron: 1. El informe y decreto sobre la paz. 2. El informe y decreto sobre la tierra. Luego se aprobó el control obrero, el 14 de noviembre, por parte del Consejo de Comisarios del Pueblo. 3. La Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado, que fue aprobada el 25 de enero por el II Congreso de los Soviets[23]. Se abrió paso a las nacionalizaciones de las grandes empresas en el segundo semestre de 1918 y a la planeación, en una estrategia de transición hacia el socialismo.

Lo anunciado se cumplía. Es la credibilidad y la influencia de Octubre, las razones de su encanto.

[1] Deutscher, Isaac. La revolución inconclusa. México: Ediciones Era, 1967. p. 9.

[2] Claudín, Fernando. “La experiencia alemana en la crisis”. En: La crisis del movimiento comunista. De la Kominter a la Komiform. Francia: Editorial Ruedo Ibérico, 1970.

[3] Pipes, Richard. La Revolución Rusa. Barcelona: Debate: 2016. p. 99. Este libro lo considera su autor, en la introducción, como “el primer intento, en cualquier lengua, de presentar un análisis exhaustivo de la revolución rusa, posiblemente el acontecimiento más importante del siglo XX”. p. XXI. Es por esto que escogí este libro de 1047 págs. para contrapuntear, entre otros con León Trotsky, un autor ponderado ampliamente por Pipes.   

[4] Marquardt, Bernd. Ius contra bellum. La promoción del potencial humano a la paz mediante el derecho público (interno e internacional) recorrido del último milenio. Bogotá: Grupo Editorial Ibáñez, 2017. pp. 221-222.

[5] Ver: Car, E. H. La revolución bolchevique (1917-1923). Madrid: Alianza Editorial, 1972. Vol. I. “La conquista y organización del poder”.

[6] Trotsky, León. Historia de la Revolución Rusa. Bogotá: Editorial Pluma, 1982. p. 106, Tomo I.

[7] Ver: Ali, Tariq. “Las mujeres de octubre”. Disponible en: http://ift.tt/2iNPSda.

[8] Pipes, Richard. Op. Cit. p. 3.

[9] Ibídem. p. 109.

[10] Trotsky, León. Op. Cit. p. 52.

[11] Ibídem. p. 53.

[12] Lenin, Vladimir Ilich. “El desarrollo del capitalismo en Rusia”. En: Obras completas. Buenos Aires: Editorial Cartago, 1957. pp. 7-600. Tomo III.

[13] Trotsky, León. Op. Cit. p. 14.

[14] Ver: Lenin, Vladimir Ilich. “Carta abierta a los delegados al congreso de diputados campesinos de toda Rusia”. En: La alianza de la clase obrera y del campesinado. Moscú: Editorial Progreso, s/f. pp. 379-383. En el mismo libro: “I Congreso de Diputados campesinos de toda Rusia. 4-28 de mayo (17 de mayo -10 de junio) de 1917”. pp. 384-386.

[15] Ver: Luxemburgo, Rosa. Huelga de masas, partido y sindicatos. Buenos Aires: Ediciones Pasado y Presente, 1970.

[16] Trotsky, León. Op. Cit. p. 49.

[17] Lenin, Vladimir Ilich. “Tesis de abril”. En: Entre dos revoluciones. Moscú: Editorial Progreso, 1974. pp. 51-57.

[18] Ver: Marx, Karl. “La guerra civil en Francia”. En: Obras escogidas.  Vol. II. Moscú: Editorial Progreso, 1973. pp. 188-257. También: Lenin, Vladimir Ilich. “Las tareas del proletariado en la presente revolución”. En: Entre dos revoluciones. Moscú: Editorial Progreso, 1974. p. 50-56.

[19] Dunayevskaya, Raya. Marxismo y libertad. Desde 1776 hasta nuestros días. México: Fontanara, 2007. pp. 128.

[20] Pipes, Richard. Op. Cit. pp. 475-546.

[21] Ibídem. p. 524. Ver también: Merridale, Catherine. Barcelona: Editorial Crítica, 2017. Esta autora suscribe la tesis del golpe de Estado, a la manera de Malaparte-Pipes, pero no lo referencia. Es un libro que aporta en la petit histoire, donde la recupreación de Parvus es importante. Pero falla en el metarrelato y carga tintas contra Lenin, de cuya personalidad denigra.

[22] León Trotsky, Lecciones de octubre. ¿Qué fue la revolución rusa?, (Buenos Aires: Biblioteca proletaria, 1971), 83-84. 2ª edición. También: Vladimir Ilich Lenin, Entre dos revoluciones, (Moscú: Editorial Progreso, 1974).

[23] Ver: Vladimir Ilich Lenin, Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado, (Moscú: Editorial Progreso, s/f).



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