Análisis segunda vuelta presidencial 2018 en Colombia





Acaba de terminar una de las batallas electorales más importantes de nuestra historia. Con la excepción del certamen de 2006 en que participó Carlos Gaviria, lo que siempre ha ocurrido es que a los colombianos nos han puesto a elegir entre el más y el menos malo para nuestros intereses. Pero el cambio está llegando y se aproximan otros. El pasado 17 de junio se enfrentaron en segunda vuelta dos opciones presidenciales realmente opuestas: la del retroceso a la violencia y la negación de los derechos, representada por Iván Duque, y la modernizante que buscaba poner en vigencia la Constitución de 1991 y el Estado Social de Derecho, encabezada por Gustavo Petro.

En una primera vuelta apasionante, se decantaron los dos agrupamientos: era el pasado contra el futuro, país viejo contra país joven y emergente, la Constitución de 1886 contra la de 1991, contrapunto que equívocamente vienen llamando “polarización” quienes aspiran a una política sin sobresaltos, que no desordene nada porque otra Colombia no es posible, porque caeríamos en el caos y la anarquía, o porque buscaban abrirle espacio al futuro voto en blanco que favoreció a Duque. Las cifras llamaban al optimismo. En efecto, los votos por Petro después de haber llenado muchas plazas públicas, más los de Fajardo y De la Calle constituían unas ciudadanías libres mayoritarias sobre las votaciones de Duque, Vargas y otras insignificantes. Pero las cifras no son la política; aquí solo empieza la trama.

El agrupamiento minoritario rápidamente se unificó alrededor de Duque y se fortaleció con todos los partidos tradicionales y corruptos, los expresidentes, los gremios del capital (mal llamados “de la producción”), sus medios de comunicación al mando de militantes políticos disfrazados de periodistas, los militares mostrando sus dientes, las iglesias oficiales, todo el poderío político y económico del establecimiento cerró filas y quedó trazada una línea divisoria nítida que hasta ese día las élites siempre lograron ocultar, una línea divisoria de intereses de clases sociales muy peligrosa para las que dominan la sociedad. Un instinto de conservación los arropó ya que por primera vez después de setenta años un plebeyo estaba cerca de ocupar la silla presidencial. Las estrategias que utilizaron para atajarlo son una tragicomedia que puede enseñar a sus propios sucesores cómo aprovechar el embrutecimiento colectivo de los colombianos para que nunca levanten la cabeza.

Mientras tanto, en el bando mayoritario de las ciudadanías libres, las cosas eran diferentes. Fajardo, De la Calle y Jorge Robledo anunciaron voto en blanco, malogrando así la única oportunidad en décadas de golpear la corrupción y asegurar una era de paz para Colombia; es decir, las que eran mayorías en el papel, se disolvían en las incoherencias y en la pequeñez de sus líderes más reconocidos. De esa manera, las fuerzas del centro político, que habían matado al tigre de la corrupción en la primera vuelta, se asustaron con el cuero en la segunda, y le fallaron a la sociedad cuando les dio la cita para pasar la página y cambiar la historia del país.

De los casi cinco millones de votos que sumaron Fajardo y De la Calle, solo llegaron algo más de tres millones a la Colombia Humana para la segunda vuelta; los otros se repartieron entre Duque y en blanco, lo cual permitió el triunfo de la coalición de derechas sobre la de izquierdas por 2.338.000 votos de diferencia (12%).

Tres votos en blanco:

Fajardo. La mejor representación del significado del voto en blanco la hizo su defensor más importante, pero no a través de discurso alguno ni de un sesudo escrito público. Fue a través de un trino del 8 de junio, doce días después de su triunfo en primera vuelta (o derrota, como se quiera mirar), y cuando el Senado se disponía a votar la conveniencia de la consulta anticorrupción, así se reportó a sus seguidores divididos entre Petro, Duque y el voto en blanco: “Un sueño de muchos años que por fin realizo este fin de semana: ir a ver las ballenas en el Pacífico. Lejos del mundanal ruido. En la selva”. Twitter retrató la trivialidad de un “niño bien” que cuando se cansa de jugar a la política se va de paseo a desestresarse. Muy pocos colombianos, incluidos los propios fajardistas de alta cuna, pueden descansar viendo las ballenas en el Pacífico; pero ese no es el asunto. Lo que habla de ese excandidato no es ya su tibieza ni su liviandad conceptual, sino su distancia de la política como compromiso social, como lucha empeñada contra la injusticia en un país hecho de inequidades.

Para cambiar a Colombia, derrotar la corrupción y las violencias, no necesitamos héroes ni santos, simplemente hacen falta hombres y mujeres comunes y corrientes, colombianos incansables como hay millones, que luchan toda su vida y lo siguen haciendo por alcanzar lo que creen merecer.

El voto en blanco de Fajardo como el de cualquier ciudadano es respetable. Lo que nadie puede sostener es que esa postura haya sido “blanca”, o imparcial, equidistante, o una especie de justo medio salomónico. Los que así predican, buscan aunque lo nieguen, no ser confrontados y por lo tanto, no responder por las consecuencias de sus actos, arropados en un discurso sobre la “polarización” que al reivindicar la estabilidad como valor supremo de la vida en sociedad, se asustan con las perspectivas de cambio y en toda propuesta ven saltos al vacío. Terminan por lo tanto, en la defensa del statu quo, al desoír la sentencia del Nóbel de paz sudafricano Desmond Tutu según la cual “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.

A ningún político colombiano le pesa tanto su condición de clase como a Fajardo. Son casi dos décadas en las lides electorales y nunca aprendió a hablarle a los campesinos, a los trabajadores, a los excluidos del poder y la riqueza. Su informalidad irreverente se agota en su indumentaria, y así, mal puede simpatizar con las bases de la Colombia profunda, con los pueblos indígenas, afrodescendientes y víctimas de la violencia y la injusticia que se filan cuando habla Petro. El voto en blanco de Fajardo, disfrazado de coherencia y de independencia, fue objetivamente una talanquera a la Colombia Humana y su proyecto de torcer el brazo a los corruptos y expropiadores.

Robledo. El senador Robledo es, al lado de Gustavo Petro, el parlamentario más brillante del país en su historia reciente. De manera imprevista para muchos observadores, involucró a su partido (Polo Democrático Alternativo) en una coalición con la Alianza Verde (Claudia López–Navarro) y Compromiso Ciudadano de Fajardo. No fueron pocas las fisuras que provocaron dentro del Polo las decisiones robledistas, y sectores varios de ese colectivo se deslizaron hacia la coalición Colombia Humana, liderada por Petro, exdirigente del Polo. No obstante, el senador se mantuvo leal a sus aliados, aunque lo relegaron a una posición secundaria en la lucha presidencial, pues un acuerdo interno lanzó a Fajardo y a López como candidatos a la presidencia y vicepresidencia respectivamente. Dos problemas llevaron a Robledo a su decisión de voto en blanco:

El primero es que el Senador ha casado una disputa con todos los sectores y dirigentes adversarios suyos que han pasado en diferentes momentos por el Polo. El apoyo de esas fuerzas al proceso de negociación de la paz entre el gobierno y las FARC, le ha servido de ocasión para tildarlos de “santistas”. Robledo se considera con su grupo, lo único no santista que hay dentro de la Izquierda colombiana.

El otro problema, enmarcado en el anterior, ha sido una satanización a Petro desde que este, derrotado por Santos y relegado a un cuarto lugar en la disputa presidencial de hace ocho años, buscó un acuerdo con el recién elegido, lo que calificó Robledo como un intento de entregarle el Polo al nuevo presidente electo.

Cada quién es dueño de sus propios fantasmas, y el santismo se le aparece al brillante senador cuando menos se espera. El neoliberalismo que encarna Santos, es real y diariamente hace estragos entre los sectores vulnerables de la sociedad, pero también es un espanto que persigue a Robledo. Huyendo de ese espanto, quedó atrapado en él, primero, cuando privilegió una coalición con Fajardo y Claudia López, y después, cuando el voto por la Colombia Humana para dar un timonazo a la historia del país, se le convirtió a Robledo en un voto por la continuidad de Santos.

De la Calle. Humberto de la Calle realizó una notable campaña electoral que giró alrededor de la paz y la defensa de los acuerdos con las FARC que llevaron al desarme de esa guerrilla. Su votación escasa fue el castigo de la ciudadanía, no a quien supo negociar con paciencia y sapiencia los acuerdos de La Habana y el Teatro Colón, sino al partido neoliberal del expresidente César Gaviria, una de las “colectividades históricas” que aún pervive detrás de los presupuestos y las burocracias del estado colombiano.

Sus afinidades programáticas con la campaña de Petro fueron inocultables, hasta el punto que el liberalismo de base y de inspiración plebeya, casi en bloque terminó adhiriendo a la Colombia Humana. Esos, los liberales que se respetan, denunciaron la traición de César Gaviria, que adhirió con su grupo de “enmermelados” a la campaña de Duque.

De la Calle quedó en el peor de los mundos, con el jefe de su partido en una campaña adversaria y las bases liberales transitando hacia las toldas de Petro. Para la segunda vuelta, presionado por las fuerzas que habían dicho “sí” en el plebiscito por la paz de 2016, solo alcanzó a ratificar su fervor por los acuerdos de paz y la búsqueda de un acuerdo sobre lo fundamental, pero sin comprometer en forma explícita su voto y quedándose por lo tanto, en el voto en blanco de su anuncio inicial.
El exnegociador de los acuerdos de paz es un gladiador de la paz, pero su karma fue la política tradicional clientelizada de su partido de procedencia, en el cual se hizo y ascendió como hombre público. La Colombia Humana se quedó esperando su voto afirmativo.
......

No era la primera vez que en la política colombiana se articulaban vertientes de izquierda con vertientes de centro, pero nunca antes una coalición de esas había estado tan cerca de ganar la presidencia. El panorama político que se abre con los resultados, ofrece una situación inédita en este país. La izquierda democrática, que viene de sufrir su perfil más bajo durante los cuatro cuatrenios de Uribe y Santos (16 años), donde ambos monopolizaron la política nacional, se convierte hoy en oposición legítima al gobierno de las derechas unificadas que preside Duque, con una base social amplia y mayoritariamente joven.

Las dos vertientes oligárquicas que a través de la historia se han disputado tácticamente las representaciones dentro del estado, la una fundamentalmente ligada a la propiedad territorial y la otra al mundo industrial y financiero, luego de superar sus contradicciones principales en torno a la negociación de la paz, se han integrado de nuevo y gobernarán rodeando a Duque. Sus fuentes de riqueza se han articulado de tal manera, que solo necesitaban una cara joven y amable que hiciera de pretexto para volver a abrazarse. Del lado contrario, crecen las ciudadanías libres pero su proceso organizativo es arduo, dada su diversidad y la complejidad de sus aspiraciones sociales y políticas.

Colombia será en virtud de los actuales cambios, un país más real. La corrupción y la injusticia se pueden retratar cuando se quiera con sus caras y sus nombres propios. La otra Colombia, la profunda, ha adquirido por su parte, una cartografía e identidad propias. Va quedando poco espacio a las mimetizaciones en una sociedad que ha sido controlada con base en miedos y mentiras. Millones de colombianos que hoy siguen votando por sus propios expropiadores, podrán ahora entender en qué ha consistido tanto el juego como su derrota: en hacerles creer que viven en el mejor de los mundos, que su situación solo puede cambiar para peor, y que deben agradecer las migajas que les han tirado, o las que no, como quienes eligieron al que dijo Uribe para que no les expropiaran su tugurio, su chaza o sus empleos y remuneraciones indignas.

La “polarización” política es una ficción colombiana. La verdadera polarización es la social y económica; los procesos de enriquecimiento y empobrecimiento ocurren en simultáneo aumentando la desigualdad y agrandando la brecha donde cada vez quedan menos. Las clases medias son sectores minoritarios urbanos amenazados por la delincuencia callejera y por sus deudas al sistema financiero, cuya representación política no pueden seguir delegando en los corruptos hoy agrupados alrededor de Duque. Es en la Colombia Humana donde cabe la representación de esas clases medias empobrecidas, que aspiran a educación superior, créditos, cultura, seguridad social y a una economía que premie el talento y el conocimiento. Esos sectores de clase, por su dinamismo político, juegan en la Colombia actual un papel altamente influyente en la toma de decisiones. La experiencia electoral reciente demostró su capacidad organizativa y su entusiasmo cuando aciertan en materia programática, cuando contribuyen a inclinar la balanza del lado de la democracia y están dispuestos a empujar el país hacia adelante.

Otra lección que nos deja esta campaña electoral, es la volatilidad política del centro como opción organizativa. En una de las sociedades más inequitativas del mundo, compuesta de una minoría que acapara la renta nacional y unas mayorías abrumadoras al borde de la subsistencia, el espacio propio para sustentar alternativas centristas en política es minúsculo. Si no hay clases medias extendidas que desarrollen capacidad de independencia, el centro político se vuelve una ficción. Esa volatilidad, lo disolvió este 17 de junio en las opciones, esas sí estructuradas, de la derecha uribista y la izquierda liderada por Petro, a no ser que quiera convertir en capital político los 808.000 votos en blanco que hoy no sabemos si los reclama Fajardo, Robledo o De la Calle.

Ha concluido un capítulo de la lucha política en Colombia. Fue una campaña rica en pedagogía, podría decirse que peligrosamente pedagógica para los dueños del poder y de la riqueza nacional. La Constitución de 1886 volvió a quedar en pie pero sus defensores no lograron salirse con la suya, es decir, no pudieron matar la esperanza.

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